viernes, 15 de marzo de 2013

SAN CLEMENTE MARÍA HOFBAUER


Las cosas no salen siempre como uno desea. En el caso de este santo misionero, ni siquiera su nombre será recordado en el futuro. Porque San Clemente María se llamaba Juan, y hasta los 33 años vivió dos grandes experiencias: ser panadero y ser ermitaño. Desde pequeño deseaba ser sacerdote, pero siempre había un impedimento. Fue panadero en tres lugares diferentes, en los que entró en contacto con sus hermanos necesitados y hambrientos. También intentó ser ermitaño, porque lo más importante en su vida era la oración. Se cambió el nombre, cambió de lugar de residencia… y, sin él saberlo, Dios le decía: “Tú serás misionero del cambio”.
Dios le había elegido “para cambiar”. A los 33 años peregrina a Roma con un amigo, y ambos deciden ingresan en los Redentoristas simplemente porque la primera campana que oyeron era la de la Iglesia redentorista. La voz de Dios le lleva a ser el primer redentorista no italiano, y se le confía la misión de extender las misiones redentoristas por toda Europa.
En el interior del continente europeo, no son buenos tiempos para la fe. Él anuncia el Evangelio en Austria, Polonia, Letonia, Suiza y Alemania, a trabajadores y universitarios, a mujeres y niños, en medio del control político que oprime a la Iglesia, convencido de que su misión es dar “el pan de la Palabra” a todos los que están hambrientos de Cristo. Y cambia de residencia –varias veces- cuando la guerra o la política deciden expulsarle.
Una mirada a la vida de San Clemente María Hofbauer puede enseñarnos mucho acerca de los sueños que llegan a realizarse, así como sobre la oración y el servicio, sobre la perseverancia en la vida cristiana, sobre cómo hacerse santo viviendo los avatares de cada día, y sobre cómo emplear cada instante de la vida orientándolo hacia su justa meta.

Nacimiento y vida de joven
Nuestro santo nace el día 26 de diciembre de 1751, en Tasswitz, Moravia. Noveno de 12 hijos nacidos de María y Pablo Hofbauer, fue bautizado al día siguiente de su nacimiento. Le impusieron el nombre de Hansl; es decir, Juan. Será con este nombre con el que se le conocerá hasta el día en que se haga ermitaño y en el elegirá el nombre de Clemente.
El hermano mayor del santo, Carlos, parte del hogar paterno para unirse a la caballería húngara en la batalla contra los turcos. Hansl se enfada por no ser lo bastante mayor para vestir el uniforme azul con adornos de plata y capa con forro de terciopelo rojo.
Pero sus sueños infantiles tienen también otros horizontes. Mientras ayuda a misa se imagina siendo sacerdote en el altar, se ve vestido con ornamentos sagrados dirigiendo al pueblo en las grandes solemnidades de la Iglesia a fin de dar gloria y alabanza a Dios.
Finalmente, la vocación sacerdotal vence sobre la carrera militar. Desgraciadamente, al pertenecer a una familia pobre, Hansl tiene pocas esperanzas de poder entrar en un seminario o de ingresar en una orden religiosa.
Comienza por estudiar latín en casa del vicario de su parroquia. El párroco es un viejo sacerdote que llega a descubrir en el joven Hofbauer la semilla de la vocación. Todos los días el joven estudiante y el anciano pastor se encuentran para estudiar la lengua latina. Se trata del primer paso del largo camino que conducirá a Hansl al sacerdocio. El período de estudios acaba repentinamente con la muerte del párroco cuando Hansl tiene catorce años. El nuevo párroco no encuentra tiempo para ayudarle a estudiar latín. Ante la imposibilidad de continuar estudiando para el sacerdocio, Hansl se ve en la necesidad de aprender algún oficio. En 1767 es aceptado como aprendiz de panadero. En 1770 se va a trabajar a la panadería del monasterio premonstratense de los Padres Blancos de Kloster Bruck. En aquella época, las consecuencias de la guerra y la carestía reinante empujan a los sin techo y a los hambrientos a llamar a las puertas del monasterio en busca de ayuda. Hofbauer trabaja día y noche para calmar el hambre de los pobres que llaman a su puerta. Aunque ahora no se trata del tan anhelado sacerdocio, sí es, no obstante, una oportunidad que se le presentade ayudar al pueblo de Dios que se encuentra tan gran necesidad.
En 1771, un viaje a Italia lleva a Hofbauer a Tivoli. Decide hacerse ermitaño en el santuario de Nuestra Señora de Quintiliolo y pide al obispo de la diócesis recibir el hábito de ermitaño. Es entonces cuando Hansl Hofbauer cambia su nombre por el de Clemente María; Clemente por el obispo de Ancira en Asia y María por la Virgen María. El ermitaño Clemente ruega por si mismo y por todos los que, en el mundo, se olvidan de rezar. Trabaja en el santuario y asiste a los peregrinos que lo visitan. Pero Clemente no encuentra la felicidad allí, y al cabo de poco menos de seis meses abandona Quintiliolo. Comprende lo necesario que es rezar por la gente y sabe que se trata de una obra buena lo que allí hace, pero no es tampoco aquel anhelado sacerdocio que tanto desea.
Vuelve al monasterio de los Padres Blancos de Kloster Bruck y sigue cociendo el pan mientras retoma el estudio del latín. En 1776 termina sus estudios de filosofía pero no puede seguir adelante. El emperador prohíbe que los Padres Blancos admitan nuevos novicios. Una vez más se le cierran a Clemente las puertas al sacerdocio.
Regresa a casa y durante dos años vive como ermitaño en Muehlfraun imponiéndose austeros ayunos, duras penitencias y largas noches de oración. Tras la insistencia de su madre, deja una vez más la ermita y se dedica nuevamente a cocer pan. Esta vez halla trabajo en una famosa panadería de Viena donde encuentra a dos distinguidas señoras que se convertirán en sus mayores benefactoras.
Con veintinueve años, y después de haber sido panadero en tres sitios distintos, además de ermitaño durante dos años, Clemente ingresa en la universidad de Viena. Al suprimir el gobierno todos los seminarios, los candidatos al sacerdocio se ven obligados a estudiar en las universidades controladas por el gobierno. Clemente se siente frustrado por el contenido de los cursos de religión que se dan, impregnados de racionalismo y de otros aspectos que nada tienen que ver con dicha materia, además de ir mezclados con diversas doctrinas. Impertérrito, continúa buscando las verdades de la fe y persiguiendo su sueño: el sacerdocio.
En 1784, al final de una peregrinación a Roma, Clemente y su compañero de viaje, Thaddeus Huebl, deciden unirse a una comunidad religiosa. Irán a la primera Eucaristía que anuncie una campana en la mañana del día siguiente. Era una iglesia redentorista. Los dos peregrinos son recibidos en el noviciado redentorista de San Julián. En la fiesta de San José, 19 de marzo de 1785, Clemente Hofbauer y Thaddeus Huebl se convierten en Misioneros Redentoristas al profesar públicamente sus votos de pobreza, castidad y obediencia. Diez días después son ordenados sacerdotes en la Catedral de Alatri.
Pocos meses después de su ordenación, los dos redentoristas extranjeros son llamados por su superior general, P. de Paola, que les pide que regresen a su patria, más allá de los Alpes, y que establezcan la Congregación redentorista en el Norte de Europa. Se trata de una empresa difícil e insólita para dos hombres tan recientemente ordenados. Para Alfonso, el hecho de que la Congregación se extienda más allá de los Alpes es una prueba manifiesta de que los Redentoristas habrían de durar hasta el final de los tiempos. Para Clemente, se trata de un sueño que se convierte en realidad.

Varsovia y San Benón
La situación política impide a Clemente permanecer en su propio país. El emperador austriaco, que ya ha suprimido más de 1.000 monasterios y conventos, no tiene intención alguna de permitir que una nueva congregación religiosa se establezca en su territorio por lo que no autoriza su fundación. Sabedores de este hecho, los dos Redentoristas se van a Polonia. En febrero de 1787 llegan a Varsovia, una ciudad de 124.000 habitantes. Aunque en ella hay 160 iglesias, además de 20 monasterios y conventos, desde muchos puntos de vista casi se trata de una ciudad sin Dios. La gente es pobre y falta de formación; las viviendas se caen a pedazos. Muchos han abandonado ya el catolicismo para hacerse francomasones. Los fieles católicos y los pocos buenos sacerdotes que restan, viven grandes padecimientos. Durante los próximos 20 años, Clemente y su pequeño grupo de sacerdotes y hermanos redentoristas compartirán este sufrimiento por Dios y por los fieles de Polonia.
Cuando en 1787 Clemente llega a Polonia, ésta vive momentos de turbulencias políticas. El rey Estanislao II es sólo una marioneta en manos de Catalina II de Rusia. En 1772 había tenido lugar una primera partición del país; Austria, Rusia y Prusia se habían repartido el botín. Otra partición ocurriría en 1793 y todavía una tercera en 1795. Surge Napoleón con su gran ejército en plan de conquista, atraviesa Europa, y no deja de aumentar la tensión política. Durante los veintiún años que permanecerá Clemente en Varsovia serán pocos los momentos en que reine la paz.
En el viaje de los dos sacerdotes redentoristas a Polonia se les une Pietro (ahora Manuel) Kunzmann, compañero de Hansl, también panadero, y que le acompañó igualmente en una de sus peregrinaciones. Será el primer hermano redentorista en territorio no italiano. Juntos llegan a Varsovia con los bolsillos vacíos. Clemente ha dadoya a algunos mendigos encontrados por la calle las tres últimas monedas de plata que le quedaban. Los tres se reúnen con el delegado apostólico, el arzobispo Saluzzo, que les confía la iglesia de San Bennon para que trabajen entre la gente de lengua alemana residente en Varsovia. Los Redentoristas aprenden esta nueva lengua y extienden su apostolado a la población que vive en la zona de San Bennon.
Siempre que Clemente ve deambular a algún chico sin techo lo conduce a la casa parroquial, lo limpia, le da de comer, le enseña una profesión, y lo instruye para que viva cristianamente. Cuando estos chicos llegan a ser ya demasiado numerosos, Clemente abre el albergue del Niño Jesús para estos jóvenes sin techo. Para suministrarles vestido y alimento, Clemente y sus compañeros se ven obligados a mendigar de continuo. Lo hacen sin sentirse en absoluto avergonzados. Clemente entra en una panadería para comprar un poco de pan y encuentra que el panadero no tiene ayudante. Pasará con él todo el día amasando y cociendo el pan y sacándole provecho a sus antiguas experiencias como panadero. Consigue así para aquel día y para otros muchos días en el futuro el pan que necesitan sus chicos.
Dice la leyenda que, en otra ocasión, entró Clemente en un bar local a mendigar. Al pedir Clemente la limosna, uno de los encargados le escupió la cerveza a la cara. Limpiándose tranquilamente la cerveza, Clemente respondió: "Esto es para mí. Pero ahora ¿qué me da para mis chicos?" Los clientes de la cervecería quedaron verdaderamente tan atónitos por aquella respuesta cristiana que Clemente recogió en aquella ocasión más de 100 monedas que plata. Cuando los Redentoristas abren las puertas de su iglesia, se encuentran con que tienen que predicar a bancos vacíos. Demasiadas cosas preocupan a la gente, alejándola de Dios; además, no se fían de los sacerdotes extranjeros. Habrían de pasar muchos años antes de que los Redentoristas lograran conquistar el corazón de la gente, pero, una vez logrado, San Bennon se convertirá en uno de los lugares más visitados de la Iglesia católica en Varsovia.
En 1791, cuatro años después de su llegada, los Redentoristas transforman el albergue de los chicos en academia. Abren un internado para chicas y confían su dirección a algunas nobles matronas de Varsovia. El número de huérfanos va constantemente en aumento. El dinero que necesitan para sufragar todas estas actividades proviene de algunos bienhechores fijos y de otra mucha gente dispuesta a ayudar de la forma que sea; pero Clemente se ve obligado aún a mendigar de puerta en puerta para encontrar la ayuda que necesita para mantener a sus numerosos huérfanos.
En la iglesia, Clemente y su grupo de cinco sacerdotes redentoristas y tres hermanos legos comienzan lo que llaman la Misión Continua. Los días laborables, en vez de una sola misa matutina, en la iglesia se tiene una misión a tiempo pleno para cada día del año. Si te acercas a San Benón en cualquier día del año, verás que puedes asistir a cinco sermones en alemán y polaco. Hay, además, tres misas solemnes, el oficio a la Bienaventurada Virgen María, la visita al Santísimo Sacramento, el Vía Crucis, vísperas, momentos de oración y las letanías. Los sacerdotes están disponibles para la confesión a cualquier hora del día y de la noche.
En 1800 pueden constatarse ya notables avances en la iglesia y en la comunidad redentorista. La administración de los sacramentos ha pasado de 2.000 (en 1787) a más de 100.000. En San Benón trabajan ya 21 sacerdotes redentoristas y siete hermanos legos. Hay, además, cinco novicios y cuatro seminaristas polacos.
Todo esto sucede en condiciones nada ideales. Las tres reparticiones de Polonia han causado terribles derramamientos de sangre. Kosciusco, el gran ideólogo que lucha por la libertad polaca, alcanza su máxima gloria pero el pueblo no logra detener a los invasores extranjeros de forma definitiva. La guerra llega a Varsovia durante la Semana Santa del 1794. Los Redentoristas, juntamente con todos los habitantes de aquella ciudad, se encuentran en constante peligro de muerte. Tres bombas caen sobre la iglesia pero no estallan. Durante las constantes batallas que no cesan, Clemente y sus compañeros continúan predicando la paz. Esto contribuye a que aumenten los gritos de protesta contra los Redentoristas a los que toman por traidores.
Apenas comienzan las hostilidades son atacados desde dos frentes. Desde un punto de vista político son extranjeros; pero pueden mezclarse con la gente y hacer mucho mediante su excelente y santo trabajo de auténticos sacerdotes. Pueden atender a centenares de huérfanos, celebrar misas, hacer que miles de personas se acerquen a Dios, pero no por eso los Redentoristas alemanes dejan de ser un elemento extranjero en un país en guerra.
El otro frente desde el que son atacados es aún más doloroso. Es el ataque personal y despiadado de los que, habiendo abandonado la Iglesia a la que pertenecían por el bautismo, se han convertido en francomasones. Se reúnen en pequeños centros ocultos y traman contra los católicos atacando a los sacerdotes, al culto público y haciendo que se cierren las iglesias.
Los Redentoristas deben siempre mantener alta la guardia contra las emboscadas. Sus enemigos están siempre al acecho para lanzarles piedras o molerlos a bastonazos. Un día la muerte llama a la puerta del convento en forma de regalo. Alguien regala a los Padres un jamón envenenado. Cuatro sacerdotes morirán de tomaína a causa del veneno. Clemente hace frente a aquella terrible tragedia. El número de Redentoristas disminuye en vez de aumentar. Providencialmente, cuatro nuevos candidatos se unen a la comunidad poco después del acto criminal, pero Clemente no olvidará nunca a los cohermanos asesinados. Aún más dolorosa para Clemente fue la muerte del Padre Thaddeus Huebl, su compañero de estudios y querido amigo. Huebl es llamado a la cabecera de un falso enfermo. Horas después es alcanzado por un carruaje lanzado contra él a gran velocidad; después es torturado y molido a golpes. Días después morirá a causa de las heridas padecidas. Clemente sufre tremendamente al ver que su amigo pierde la vida. Ahora tendrá que vérselas solo.
Los ataques continúan. Los Redentoristas se convierten en objeto de escarnio incluso en los teatros. Los sacerdotes polacos del lugar tratan de frenar la obra de los Redentoristas que han dedicado más de 20 años a restaurar la fe del pueblo de Varsovia; pero son molestados, atacados, maltratados. En 1806, se prohíbe ya por ley que los sacerdotes del lugar inviten a los Redentoristas a predicar misiones en sus parroquias. Más tarde llegará una ley incluso más restrictiva aún al prohibírsele a los Redentoristas predicar y confesar en su iglesia de San Benón.
Contra estas actuaciones, Clemente apela directamente al Rey de Sajonia que en ese momento gobierna Polonia. Aunque consciente del bien que los Redentoristas están haciendo, aquél no puede hacer frente a los muchos francomasones y jacobinos que van a la caza de los Redentoristas de Polonia. El 9 de junio de 1808 se firma el decreto de expulsión. Once días después, la iglesia de San Benón es cerrada y los 40 Redentoristas que la atendían son encarcelados reteniéndoseles en prisión durante cuatro semanas; se les conminará después a que abandonen el país.

Viena: un nuevo comienzo
En septiembre de 1808, tras el destierro de Polonia, Clemente llega a Viena. Allí se quedará ya hasta su muerte acaecida cerca de 13 años después. En 1809, cuando las fuerzas napoleónicas atacan Viena, Clemente como capellán del hospital, cura a los soldados heridos. El arzobispo de Viena advierte el celo de Clemente y le pide que se haga cargo de una pequeña iglesia italiana de Viena. Clemente permanecerá allí durante cuatro años para, luego, ser nombrado capellán de las Monjas Ursulinas en julio de 1813.
La verdadera santidad de Clemente se pone cada vez más de manifiesto en la atención que presta al bien espiritual de las Monjas y de los seglares que acuden a su capilla. El fervor con que se acerca al altar revela al hombre de fe que es. Desde el púlpito, sus labios pronuncian las palabras que la gente necesita oír. Predica de forma que puedan reconocer sus pecados y lleguen a comprender la bondad de Dios para conformar sus vidas a la voluntad divina. Pero si desde el púlpito ruge como un león, en el confesionario es un cordero. Escucha los pecados de los penitentes y siempre logra encontrar un mensaje de aliento, pide a Dios que los perdone y los despide invitándoles a retomar el buen camino.
A comienzos de 1800, Viena es uno de los centros culturales más importantes de Europa. Clemente tiene el placer de pasar largos ratos con los estudiantes y con los intelectuales del lugar. Los estudiantes van a él por separado o en grupo a fin de hablar, compartir una comida o buscar consejo. Entre éstos, muchos se harán más tarde Redentoristas. Hace incluso que vuelvan a la Iglesia muchos personajes ricos y exponentes del arte; entre otros, Frederick y Dorothy von Schlegel (hija de Mendelssohn, fundador de la escuela romántica); el artista Frederick von Klinkowstroem; Joseph von Pilat, secretario privado de Metternich; Frederick Zachary Werner, que más tarde se haría sacerdote y llegaría a ser un gran predicador; y Frederick von Held que, siendo ya Redentorista, llevaría la Congregación a Irlanda.
En Viena, Hofbauer es de nuevo atacado. Durante un tiempo se le prohibe predicar. Es amenazado con la expulsión por ponerse en contacto con su superior general redentorista, en Roma. Pero para que la expulsión pueda hacerse efectiva debe firmarla el emperador Franz de Austria. En ese tiempo, sin embargo, el emperador está como peregrino en Roma donde visita al Papa Pío VII; se entera entonces de lo muy apreciada que es la obra de Hofbauer. Trata, en consecuencia, de recompensar a Hofbauer por sus años de entregado servicio autorizándole una fundación Redentorista en Austria.

Ser santos
Clemente María Hofbauer fue beatificado el 29 de enero de 1888 por el Papa León XIII y canonizado como santo de la Iglesia católica el 20 de mayo de 1909. En 1914, el Papa Pío X le concede el título de Apóstol y Patrón de Viena. Hoy, a más de 150 años de su muerte, la fiesta anual de san Clemente es celebrada de modo especial por la población de Viena. ¿Qué hizo de Clemente Hofbauer un santo? No hizo ningún milagro que pudiera asombrar a nadie, no tuvo ni visiones ni éxtasis capaces de impresionar. Tuvo incluso algunos defectos -un carácter alemán irascible-. Pero si se nos hubiera concedido estar algún tiempo junto a él, hubiéramos descubierto que era un hombre de fe extraordinariamente firme, un hombre tranquilo y de extraordinaria paz, un hombre capaz de trabajar por el bien de las almas sin fatigarse jamás. Precisamente por el modo tan sencillo en que se hizo santo, san Clemente continúa siendo hoy para todos nosotros un modelo de santidad.


lunes, 28 de enero de 2013

PEDRO CASALDÁLIGA


Hablar de Pedro Casaldáliga es como hablar de alguien muy querido sin haberlo conocido personalmente. A mis 18 ó 20 años fue una referencia de fe, de compromiso con los más pobres y pequeños. No era fácil acceder a él. Muchos le llamaban el "Obispo rojo", como a Dom Helder Cámara.  Justo por eso buscábamos con más ahínco información y libros. 

Con él soñábamos con otro mundo posible, con otra iglesia, con una realidad nueva, solidaria y fraterna.

Su compromiso traspasa fronteras. Cuando su madre enfermó y murió no pudo venir porque sinó le prohibían volver a Brasil.

Siempre al pie de la cruz, perseguido y comprometido con los más pobres y luchando por la justicia y la paz.

http://servicioskoinonia.org/Casaldaliga/poesia/palabra.htm


http://www.prelaziasaofelixdoaraguaia.org.br/poesias_pedro.htm

lunes, 14 de enero de 2013

PEDRO DONDERS - APÓSTOL DE LOS LEPROSOS

http://www.redentoristas.org/beatopedrodonders.html#pedrodonders








EL TEJEDOR DE DIOS 
 
En la galería de los grandes Redentoristas que rodean a San Alfonso resalta, por lo peculiar de su aventura humana y religiosa, el holandés Padre Pedro Donders, el apóstol entre los leprosos del Surínam.

Nació el 27 de octubre de 1809 en un barrio de Tilburg. Sus familiares eran muy pobres y se dedicaban a tejer con telares domésticos. Su casa: una sola pieza y el piso de tierra. El pequeño Pedro vivió sin muchos problemas su condición de pobre. Hasta los doce años entró en la escuela; luego fue enviado al telar para ganarse también él su puchero. En el trabajo se desempeñaba con constancia y atención. En el tiempo libre juntaba a sus coetáneos para instruirlos en la religión. Tan a la per­fección desarrollaba esta actividad que el cura párroco le nombró catequista oficial. 

Tenía el deseo de hacerse sacerdote; pero por ser pobre, frágil de salud y tal vez, poco dotado, le pareció imposible la meta. Pensaba sin embargo que, con la voluntad y el empeño constante, no le sería difícil ser santo. Oraba con gusto, a menudo, intensamente, también mientras trabajaba. A veces su tela le salía con algún defecto, su patrón, un buen cristiano, lo disculpaba, diciendo: "Pedro está demasiado ocupado con el buen Dios". 

SEMINARISTA-OBRERO 
 
En edad de servicio militar, después de cinco visitas, fue descartado definitivamente por lo frágil de su constitución. 

Declarada la guerra, muchos fueron los jóvenes enrolados. Su párroco tuvo una idea: faltando en el seminario el personal de servicio, Pedro podía ser asumido como tal, y al mismo tiempo estudiar como seminarista. La iniciativa marchó, pero Pedro no podía estudiar, tantas eran las ocupaciones. El rector del seminario le dio una mano asignándole un ayudante, así Pedro se dedicó con mayor intensidad al estudio y superó las numerosas dificultades.  A los 29 años pasó al seminario mayor donde comenzó su interés hacia las misiones extranjeras. 

EL LLAMADO DEL SURINAM 
 
Superados los estudios de filosofía en 1839, pasó al seminario de Aaren para la teología. Por Aaren pasó, en los mismos años, el prefecto Apostólico Monseñor Groof a reclutar voluntarios para el Surinam. Habló a los seminaristas con el fervor de un testimonio de vida y la fuerza de la Santa Causa. Terminada la apasionada conferencia, se le presentó un joven, Pedro Donders, que fue recibido con gozo. 
Ordenado sacerdote el 15 de junio de 1841, hubiera querido partir inmediatamente, pero tuvo que quedarse un año más. 

PARAMARIBO: 1842-1856 
 
Donders se embarcó en agosto de 1842, y luego de un mes y medio de navegación desembarcó en Paramaribo que por 14 años iba a ser su primera etapa misionera. 
Como toda ciudad colonial y portuaria, Paramaribo, detrás de las riquezas y opulencias de los comercios, escondía una gran miseria social y moral. La atenta mirada de Pedro descubrió enseguida, con los lujosos edificios, las humildes chozas de los pobres y esclavos, reino de suciedad, promiscuidad y corrupción. 

El 7 octubre de 1842 Monseñor Groof se lo llevó a una vasta gira, para un primer conocimiento de los campos de trabajos que le esperaban. Primera etapa fue Batavia, sede del leprosario estatal: después de un recorrido terrestre, fueron menester dos días de canoa por el río Coppename. En el leprosario había 400 enfermos de toda edad y sexo. El inaguantable hedor y nausea no pudieron con sus sentimientos de ca­riño y compasión. 

En el itinerario de retorno, Monseñor Groof le hizo ver otro campo de trabajo: los esclavos de las plantaciones y los indígenas de las tribus que aún vivían en la selva. 

CON LOS ESCLAVOS 
 
Vivían en Paramaribo entre siete y ocho mil esclavos, por completo en poder de sus patrones, quienes los trataban peor que bestias. Cada día, desde la madrugada, Donders ya estaba en el templo. Celebraba la Eucaristía y daba catequesis a los niños. Luego continuaba con el trabajo pesado, la visita bajo el sol o las lluvias tropicales a las familias, donde no pocas veces encontraba indiferencia, aversión u odio. Lo que más le afligía era la impotencia para aliviar la suerte de los esclavos, tanto en la ciudad como en las plantaciones. Aquí, la situación de los mismos, era aún peor. Así escribió a un amigo: "Si aquí se tuviera tanto cuidado por la salud y bienestar de los esclavos cuanto en Europa por las bestias, mucho mejor sería la situación. Lo que vi y escuché supera toda imaginación". 

Existían unas 400 plantaciones, con casi 40.000 esclavos. Donders iba regularmente, remontando en canoa caudalosos ríos, malsanas lagunas y aguantando picaduras de toda clase de insectos. Estaba horas y días enteros bajo los calurosos galpones entre grupos de esclavos extenuados por el trabajo y los garrotazos, ayudándoles a encontrar su dignidad de hombres y enseñándoles las principales verdades de la fe. Su presencia entre los esclavos estorbaba a patrones y capataces, quienes temían perder el privilegio de sus abusos con mu­jeres y adolescentes y más aún, que salieran a flote las fechorías. 
En 1863, la esclavitud fue abolida mucho se debe a la obra del Padre Pedro Donders. 

1856-1883: APÓSTOL DE LOS LEPROSOS 
 
En 1856, después de 14 años de trabajo en Paramaribo y en las plantaciones, Donders fue nombrado párroco de los leprosos en Batavia, poco alentadora era la situación, ningún sacerdote había resistido en aquel infierno por más de tres años, uno había sido hasta matado por un leproso. 

Su primera preocupación fue la de mejorar la condición material de los enfermos. Los enfermos blancos eran libres, los demás vivían en chozas con techo de hojas de palma, y el interior de la vivienda, según expresiones del misionero, se parecía más a un chiquero que a una habitación para persona humana. Los enfermos yacían sobre piso de tie­rra a fin de que la sangre y el pus fueran directamente absorbidos por el terreno. 

No existían enfermeros, los enfermos debían ayudarse entre sí, tanto que muchos quedaban completamente abandonados en la suciedad. La comida era muy escasa y tenían que preparársela personalmente, así como buscar agua y cortar leña. 
Con energía, Donders consiguió de la dirección pisos de madera y camas en las chozas para los vivos, y cajones decentes para sepultar dignamente a los muertos. 
Durante su visita a los enfermos, sacaba agua, les daba de beber, cortaba leña, limpiaba pisos llevando al basurero toda suciedad, lavaba las vendas, curaba y vendaba las llagas repugnantes y malolientes. A las observaciones del director para que dejara estos trabajos, respondía: no es nada, ayudo un poco". 

Más difícil fue el problema de la alimentación, porque la administración tenía un criterio tremendamente cínico menos se alimentaba a los enfermos, más rápidamente se morirían y mucho se ahorraba. Donders comenzó con dejar la mayor parte de su comida a los más necesitados. 

Bastante difícil fue también el trabajo para aliviar el comportamiento moral de los leprosos. Estos, por la ignorancia cultural y religiosa y sobre todo, por no tener esperanzas de vivir, se daban al alcoholismo e inmoralidad, con consecuentes robos, envidias, rabiosas peleas e insubordinaciones. Había motivo de perder hasta la proverbial paciencia de Job; pero Padre Pedro, fuerte con la ayuda de Dios, sacada de la oración, no sólo no se desanimó, sino que pudo obrar en la vida de los leprosos un total cambio. 

1866-1883: REDENTORISTA CON LOS INDÍGENAS 
 
En 1865 llegó a Paramaribo el primer equipo de Redentoristas holandeses, a quienes la Santa Sede había confiado el anuncio evangélico en el territorio del Surinam. Con su llegada, surgió para los cuatro sacerdotes existentes, un problema vital o volver a la patria, o quedarse como sacerdotes diocesanos, o hacerse Redentoristas. Dos de ellos decidieron volverse a Europa; y dos, uno es el Padre Pedro, escogieron entrar en la Congregación del Santísimo Redentor, aceptando las reglas y vistiendo el hábito el 1° de noviembre de 1866. 

Con tantos misioneros el Padre Pedro pensó que fácilmente podría ser substituido en el leprosario y que, así, podría realizar un sueño que desde tiempo ardía en su interior evangelizar a los indígenas. Estos vivían en las difíciles zonas del interior. Pertenecían a las múltiples tribus de las familias Caribe y Arawak. Se alimentaban de caza y pesca. Practicaban tanto la poligamia como la poliandria. Algunos hasta eran antropófagos. Vagamente creían en un ser superior y en una muchedumbre de espíritus que poblaban el universo. Llegar hasta ellos era una empresa difícil y hasta imposible.

A veces el Padre Donders al volver a un campamento recién conocido, no lo encontraba más porque ya lo habían mudado. Otras veces, siguiendo pacientemente por horas y horas las huellas se internaba en lugares sin salida, debiendo comenzar todo de nuevo. Cuando le iba bien y llegaba hasta ellos, los instruía mostrándoles imágenes y tocando un armonio portátil. Pero los indios se interesaban más de la cerveza que de la religión. 

Varias veces fue amenazado a muerte. Un día mientras iba a administrar el bautismo a dos niños, un indio lo atropelló amenazador, y, cuchillo en mano, quería matarle. El misionero, pareciendo no estar en apuros, le dijo: "Estoy dispuesto a morir, pero déjame antes bautizar a los niños". 

Durante 18 años desempeñó este dificilísimo apostolado. Y a la larga su obra de precursor dio su fruto. Hoy todos los indios del Surinam, menos los Caribes, son católicos. 

1883-1887: EL ADIÓS A LOS LEPROSOS 
 
El obispo Redentorista Monseñor Schaap, pensó que el Padre Pedro, después de 40 años de actividad misionera y a los 74 de edad, merecía un poco de reposo. Por eso primero le indicó un convento de Paramaribo y luego lo pasó a Coronie. Allí el Padre Pedro se vio obligado a pasar un tiempo en la cama y a soportar varias intervenciones quirúrgicas. 

Después de tres años, habiéndose enfermado de lepra el mismo capellán el Padre Pedro fue de nuevo llamado a Batavia. Era noviembre de 1885 a los 77 años reanudaba su actividad entre los leprosos y sus giras entre los indios. Iba desgastándose muy rápido y al final de diciembre de 1886 visitó por la última vez a los enfermos inmóviles en la cama, los confesó y les administró la comunión. 
 
Celebró la Navidad en el templo con los enfermos que pudieron ir. El 31 de diciembre hizo su último sermón. Luego la nefritis lo postró en la cama definitivamente. 
El miércoles 12 de enero de 1887 pidió al Padre Bakker que le asistía, un poquito de paciencia más, pasado mañana, viernes, a las 15 horas, moriré. Así fue.

Se lo enterró con sus leprosos. Allí quedó hasta 1900, cuando fue clausurado el leprosario. Ahora descansa en la catedral de Paramaribo.
Artículo extraído de 
www.redentoristas.org.ar
http://www.redentoristas.org.ar/Congregaci%C3%B3n/Santos/Donders/Beato%20Donders.htm

ALEXIA




Para mí esta niña es desconocida. No he visto la película Camino ni un documental que me han dicho que han hecho de ella.  Sólo sé que la causa de Beatificación está abierta. Te dejo con un enlace de ella. En internet puedes informarte de más.

www.alexiagb.org

JOSÉ MARÍA MONTES

MISIONERO REDENTORISTA EN COSTA DE MARFIL DURANTE MUCHÍSIMOS AÑOS.

Entregó su vida allí tan solo hace unos meses. Todavía tiene su ventanita en Facebook y sus hermanos marfileños le recuerdan y lloran como "su padre bueno".

En la web de los Misioneros redentoristas encontráis su testimonio.


sábado, 5 de enero de 2013

San Juan Nepomuceno Neumann

Aquí tienes este gran misionero muy querido en América, sobre todo en Filadelfia donde fue obispo.


Como siempre te dejo con vrios enlaces para que lo conozcas mejor.



http://www.redentoristas.org/sanjuanneuman.html#sanjuanneumann
http://www.scalando.com/neumann.htm